En 1967, mientras James Brown registraba su poderío interpretativo en el Apolo de Nueva York, Arthur Lee vivía en Los Angeles su particular verano del amor.
Fallecido el 3 de agosto en su ciudad natal, Memphis, construyó junto a su banda, Love, una de las trilogías imperecederas de la psicodelia –
(1967)- y de la historia del rock. Especialmente innovador y culminante resulta
que pasa por ser uno de esos imprescindibles. Con ciertos ecos del movimiento «garaje», del folk melódico de The Byrds, guitarrazos «hendrixianos» y una sección de cuerdas y metales absolutamente diferentes, distintivos, que aderezaban los relatos pastorales de Lee y, su compañero de viaje compositivo, Bryan McLean.
fue un cálculo que iba más allá de los estereotipados «paz y amor»; era también un canto al mestizaje cultural. Para empezar Love fue una de las primeras bandas que en su formación convivieron negros y blancos pero, además, consiguieron que este clásico contemporáneo llevara la influencia de la denominada música latina, gracias a una sección de vientos pertinentemente chicana. Los Ángeles como antigua ciudad de origen hispano, según se cuenta, también tuvo su parte de culpa no sólo en la composición, como mencionaba, sino también por la extrañeza y el desasosiego que provoca, reflejado en los versos de las canciones:
. Hay relatos desesperados de un mundo en creciente descomposición en
en un disco eminentemente pausado pero tenso en su escucha dada su idiosincrasia compositiva y lírica; hay presuntos crescendos y amenaza en cada recoveco con cambiar transmitiendo perfectamente el sentido de una época que transcurría entre el idealismo más utópico, alejado de las estructuras sociales acatadas, y las más profundas miserias del ser humano. Una maravilla al alcance de muy pocos.
SYD BARRETT (1946-2006)
Mientras tanto, en aquel glorioso año, al otro lado del Atlántico, un geniecillo de promiscua alucinación lisérgica -asiduo del LSD- debutaba discográficamente con su banda: Pink Floyd. Se trata de Roger Keith Barrett, nacido en la localidad de Cambridge y que falleció el pasado mes de julio. Su obra quedará eminentemente ligada a
The Piper at the gates of dawn (1967) obra de marcada referencia para la psicodelia británica por sus características intrínsecas; probablemente influido por la reciente expansión creativa de los compañeros de la denominada
west coast americana, en su versión más ácida, y mezclado junto al talento infantil de un Barrett que vivía un momento de gozosa libertad mental, resultó un disco insólito. Si la obra de Arthur Lee y sus compañeros de Love fue, en cierta medida, un jarro de agua fría entre la expansiva música americana del momento, Barrett dejaba a sus compañeros de experimentación sonora británica en una situación atípica; la psicodelia podía ser pastoral pero también podía quemar.
Rabiosamente imaginativo, de desbordante fantasía,
The Piper… es una oda al culto de la expansión de la mente (
Pow R. Toc H.) y al denominado viaje o «trip». Inolvidable es la extensa instrumental
Interstellar Overdrive, como lo es la imaginativa del duendecillo lisérgico que Barrett compartía con artistas literarios como Lewis Carroll.
Pero sí he de ser sincero, casi cuarenta años después y vuelto a escuchar, me sorprende la cantidad de recursos, de sonoridades que tiene el álbum. Tantos sonidos dispares, caóticos, distorsiones y efectos con meros instrumentos convencionales. No sé hasta qué punto la producción de Norman Smith puede ser culpable. Lo que sí que es cierto es que temas como
The Gnome o
Astronomy Domine no alcanzarían tales cuotas de magia, de sentido espacial en su aspecto cósmico, sin tales efectos gloriosos y sin la ayuda de una banda –-Roger Waters al bajo, Richard Wright a los teclados y Nick Mason a la batería- colosal en su despliegue de medios para afrontar la imaginería de un Barrett que ejercía de duende psicodélico.
GRANT McLENNAN (1958-2006)
Mi último homenaje es para un chico australiano que vivía una segunda juventud artística y personal durante los últimos seis años. El 6 de mayo muchos y, sobre todo, un servidor recibieron la muerte de Grant McLennan como un trallazo fulminante en la cabeza. The Go-Betweens se habían reagrupado después de una década en solitario en la que sus dos principales compositores, Grant McLennan y Robert Forster, habían practicado la individualidad discográfica, uniendo sus esfuerzos para continuar un legado ya excelso. Sus últimas aportaciones mostraban a un grupo en plena madurez vital alejada de cierta efervescencia musical con la que concluyeron su primera etapa en los ochenta. Una época a la que regreso continuamente, especialmente a 1988, gracias a un disco sin paliativos; un disco de perfección pop que se titula
16 Lovers Lane o el famoso final del quinteto que ya había nacido con el, también, excelente
Tallulah (1987).
Junto a las dos cabezas creadoras estaban John Willsteed -bajo-, Lindy Morrison -batería- y Amanda Brown –-voces, violín-. Los cinco crearon un disco contingente a las circunstancias personales que vivían en aquel momento: el enamoramiento entre los dúos Morrison, Forster y Brown, McLennan. Así pues el último disco de The Go-Betweens, años ochenta, de forma paradójica ha quedado como un retrato al amor. Un amor que no se consolidó en ninguno de los dos casos pero que dio con canciones absolutamente memorables, impregnadas de la felicidad de los enamorados, de los que afrontan su vida con el respaldo de una razón por la que vivir, de los afortunados que pierden su conciencia individual en favor de un prójimo –
I know a thing about lovers /
Lovers lie down in trust- y que les permite afirmar sin complejos
I know a thing about lovers /
lovers don´t feel any shame en la memorable
Love goes on!.
En la misma perfección de compositor pop y con la misma temática, se encuentra lo que es probablemente el emblema del disco y una de las canciones por antonomasia de la formación. Su canción, la canción, se llama
Streets of your town, uno de esos logros alquímicos a los que de vez en cuando llega un artista. Pieza de indudable reminiscencia, los ochenta, y un estilo, pop de halo «beateliano» pero con la sofisticación de un
crooner de la época -recuerda a Paddy McAloon de los Prefab Sprout, Lloyd Cole- es un himno colosal, de sencillez compositiva y efervescencia pop. Acompañado de la fantástica voz de Amanda Brown, McLennan consigue pasar a la historia.
Más pausado es el ritmo y la celebración del amor de Robert Forster, bajo la telaraña de la duda, en
Clouds (
The clouds are here /
They aren't up in the sky /
I cupped them with my hands and reached up high /
I said to these clouds /
”no more am I blind / I have to see straight”) o la triste y final
Dive for your memory en la que el oboe de Amanda Brown realza el tono taciturno de Forster.
En este sentido los talentos de McLennan y Forster funcionaron como elementos característicos y antagónicos a lo largo de la discografía del grupo. Hecho que más que marcar cierta disfuncionalidad estructural en el armazón de los álbumes, ayudó a marcar una ambigüedad rica y compleja en el desarrollo temático de, por ejemplo, este excelso disco.
Un disco que no sería igual sin la aportación de la ya mencionada Amanda Brown, cuyas cuerdas o pequeñas secciones de vientos siempre estuvieron al servicio de la canción correspondiente; podía marcar tanto la efusividad como la decepción, la alegría o la duda, acentuando el aspecto más conveniente. Fue un músico indispensable y así se hace notar a lo largo del álbum y de algunas caras B que acompañan la recomendable reedición de 2004 repleta de piezas exquisitas -atención a la versión en directo del clásico de Dylan
You're a big girl now-. En
Running the risk of living you, otro tema en directo, se puede oír a Forster gritar el nombre de Amanda para darle paso a su solo de violín; mera anécdota si no fuera porque es el testimonio de una época gloriosa y memorable en la que mi héroe, McLennan, vivía las mieles de la felicidad junto a cuatro músicos. La misma felicidad que había recobrado en esta última época, anterior a su repentino fallecimiento.
Fueron tristes noticias del 2006. Los recordaré, seguro.