Año IV - Edición número 147
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EL SONAJERO
La madurez de Emmylou Harris
(1995-2003)
El Sonajero es un momento de calma, una reflexión pausada, un faro para navegantes perdidos en un maremágnum sonoro de superventas y de politonos. En El Sonajero te proponernos una infalible selección de discos sólo apta para oídos inquietos.
Alberto Vargas
Emmylou Harris - Foto: Yogibones
Emmylou Harris, nacida el 2 de abril de 1947 en Birmingham, Alabama (EE.UU.), es una de las figuras de mayor relevancia dentro de la escena country-rock de los años setenta.
Asociada permanentemente al legado en solitario de Gram Parsons -hippy renovador del género, víctima de los excesos y hombre de poca perseverancia pero de talento incontestable-, tras su colaboración en los dos únicos álbumes editados en solitario por Parsons, Emmylou desarrolló una carrera de marcado carácter tradicionalista.
Alejada de los injertos más perspicaces de Parsons, Harris siempre tuvo suficientes argumentos para sacar adelante proyectos que los menos sosegados oyentes de country, esto es, los oyentes que provienen del rock, los que empezaron a escucharlo gracias a The Byrds o Flying Burrito Brothers, los que entienden el country como un amalgama de sonidos que van del propio country al blues, del folk al rock, en definitiva, los oyentes menos tradicionalistas, aceptan de buen grado pero que no llegan a satisfacer su heterodoxa concepción de la música.

Lo inesperado
Hacia 1993 Emmylou Harris publicaba su último álbum hasta entonces: Cowgirl’s Prayer. Otro disco recibido con atención por los medios y con buenas críticas. Otro disco en el que el las raíces del country se daban la mano con la particular visión «tradicionalista» de Harris. Nada nuevo en el horizonte.

Y sucedió lo inesperado… Quizá en una búsqueda de razones plausibles, probablemente inexistentes para entenderlo, tiendo a pensar que entre 1993 y 1995 la vida de Emmylou Harris cambió. Algo debió suceder para realizar un cambio de registro, profundo, sin paliativos, en su carrera artística. ¿Fue la invocación del alma artística de Gram Parsons? ¿O fue simplemente una cuestión de madurez?


Emmylou Harris: wrecking ball
Wrecking Ball (1995)
Probablemente ni siquiera las anteriores sean preguntas afortunadas. Lo cierto es que Wrecking Ball, para empezar, visto desde un punto de vista del que observa con detenimiento la selección de composiciones ejecutadas, es un disco de versiones. Con sólo dos temas compuestos por la autora no deja de ser, para el que aterriza en el mundo harrisiano, un elemento distanciador tal como se concibe en el panorama contemporáneo. Para el más avezado seguidor es sinónimo de normalidad; durante el epicentro de su éxito comercial y artístico las relecturas de clásicos de la canción country y rock fue una constante.
Así pues, Emmylou vuelve a contar con una selección de temas clásicos de figuras recientes -Gillian Welch, Lucinda Williams- y de viejos compañeros -Neil Young, Bob Dylan, Anna McGarrigle o Steve Earle-. Pero en este disco, lo realmente novedoso son las formas, la nueva perspectiva sonora de afrontar la revisión de las fuentes americanas impulsándolas a una nueva dimensión.

Con la ayuda omnipresente del productor Daniel Lanois -quien firma tres composiciones- consigue crear una atmósfera sincretista a lo largo del álbum que bebe tanto de las características producciones del mencionado como de la etérea y arraigada voz tradicionalista de Harris.
La combinación de ambas virtudes da con esta obra seminal en el que las cadencias van del agreste sentido folk que se palpa en las armonías acústicas de Every Grain Of Sand, matizado con la presente batería de Larry Mullen, Jr (U2) y el órgano de Malcom Burn, al pasaijismo sonoro casi espacial, cinemascópico, tan característico de las producciones de Lanois en Sweet Old world, donde la slide guitar o la armónica adquieren nuevas dimensiones sonoras.

En una suerte de América grabada en una cinta que funciona a la inversa de las agujas del reloj, depositada en el imaginario okie, se entienden lecturas que funcionan como sonoros viajes espaciales -May This Be Love de Jimi Hendrix- o pequeños retazos de las inmisericordias de lo mundano -Orphan Girl-.
Las historias y cadencias de mayor raigambre se ven envueltas en mutaciones musicales, auspiciadas por Lanois, que dotan de una nueva dimensión a la clásica narrativa sobre la fragilidad del ser humano. Y todo ello gracias a un hilo conductor, demiúrgico: la voz de Emmylou Harris -siempre tan honda, profunda y expresiva-.

Majestuoso en su ejecución y en sus logros, retrato de una apuesta madurez entre forma y contenido, Wrecking Ball es una pieza artística de primer nivel en la que el sentimiento, la profundidad de la canción americana, se siente tan próxima como en cualquier fragmento clásico.


Emmylou Harris: spyboy
Spyboy (1998)
Tras el espaldarazo del Grammy al mejor álbum de folk contemporáneo que recibióWrecking Ball, Harris parece tener los suficientes argumentos para encarrilar una nueva trayectoria que le lleve a explorar y profundizar en los nuevos hallazgos descubiertos.
Si bien es cierto que el éxito artístico se redujo a un cerrado ámbito de la prensa especializada, sorprende que su siguiente paso, este Spyboy, sea un disco en directo del que no parece posible extraer ninguna conclusión.
Desarrollando una dualidad entre tradicionalismo y modernidad, atendiendo a la procedencia de la pieza, transcurre este disco en el que se recurre a viejos temas de su carrera, versiones de otros autores, y relecturas de su último álbum en estudio.

Así pues, quien espere las texturas lanoisianas tendrá que conformarse con escasas piezas, aunque todas ellas afrontadas con la majestuosidad y ampulosidad del sello de fábrica, mejorando en el mayor de los casos las versiones originales.
Deeper Well
toca la fibra con una inmensa ejecución de Buddy Miller a la guitarra, y alcanza el clímax en un crescendo de feedback stereofónico y una voz que intenta mostrarse más aguerrida en los últimos versos. Más sosegada, Where I Will Be, muestra la destreza al bajo de Daryl Johnson. All my tears es una extraña mezcla entre la electricidad estática y el grito ancestral, primitivo, de la historia de EE.UU. Incluso piezas como Green Pastures, juegan a medio camino entre los acordes campestres y los punteos atmosféricos.

Sin embargo, Harris no necesita apelar a los nuevos formalismos para dar empaque a sus canciones. La sensibilidad se siente a flor de piel en piezas que duelen como My songbird (My songbird wants her freedom / Now don't you think I know / But I can't find it in myself / To let my songbird go / I just can't let her go), Prayer in Open D que contiene uno de los arrebatos de desolación crepuscular más feroces y hondos que se hayan escrito en la música popular (There's a river of darkness in my blood / And through every vein I feel the flood / I can find no bridge for me to cross / No way to bring back what is lost / Into the night it soon will sweep / Down where all my grievances I keep / But it won't wash away the years / Or one single hard and bitter tear) o la magnífica a capella en Calling My Children Home.

Estas canciones dan una consistencia perfecta a la dualidad sonora del álbum que se cierra con un tema inédito firmado por Daniel Lanois, The Maker, epílogo a una evidencia: Harris ha encontrado una vía contemporánea para narrar los viejos sentimientos que guardan los clásicos no sin obviar un cierto neo-clasicismo que se resiste a expirar.

De ahí la dedicatoria en el libreto del compacto: Para Daniel Lanois-gracias por el proyecto y el mapa de carretera.

Emmylou Harris: Red dirt girl
Red Dirt Girl (2000)
Y llegó la reválida. Tras cinco años sin publicar un disco de estudio, Harris rompe su silencio con la continuación de Wrecking Ball. Las expectativas son altas aunque no acuciantes; su trayectoria tiene el suficiente peso como para no sentirse presionada, si bien la nueva brecha abierta hace prometedor su nuevo álbum. En definitiva, de lo que se trata es de saber si continuará la senda, el «mapa», dibujado por Lanois.
Construido sobre los cimientos de los espacios abiertos que dibujan las texturas sonoras, Red Dirt Girl es un avance, una recontextualización del lenguaje lanoisiano que lo acerca, sin deshacerse de ningún elemento sonoro reciente aprendido, al tejido crepuscular de Emmylou Harris.

Si Wrecking Ball era un choque entre dos mundos diferenciados, un pequeño estrépito entre dos campos opuestos que, finalmente, confluían en un devenir común gracias a la voz de la intérprete, aquí Harris se adueña del proyecto. Pasamos de hablar de una obra «inspirada por…», a «creada por…».

En este sentido hay varios factores determinantes a valorar. Por ejemplo, es el primer disco en largo tiempo compuesto casi íntegramente por la autora. Cuando toda su trayectoria se ha fundado en una mezcolanza proporcional entre la reinterpretación de standards de la música popular y tradicional y de sus propios temas, resulta llamativo que prácticamente componga en solitario.

Igualmente hay otro aspecto determinante. Desde Wrecking Ball, con su larga lista de colaboradores, la lista de músicos que trabajan asiduamente con la cantante se ha ido reduciendo paulatinamente a un cuarteto: Daryl Johnson -bajo y batería-, Buddy Miller -guitarras-, Malcom Burn -multinstrumentista- que a su vez toma las riendas de la producción, y la propia Emmylou Harris.
La consolidación de este cuarteto asienta la base sobre la que se construye el álbum, ya que se debería entender como un proceso de aprendizaje el que han vivido estos cuatro músicos. Todos ellos participaron del nacimiento de esta nueva era en 1995 y ahora, en este siguiente paso sin el «inspirador», avanzan por un camino común hacia nuevos estadios.

Con estas directrices se entiende el resultado final. Harris con la ayuda inestimable de Burn -uno de los músicos más influidos por la nueva perspectiva sonora- se adueña del medio recitando poesía en cada una de los temas.
Son textos plenos en sabiduría, en madurez, en los que el tiempo y la perspectiva del que ha recorrido el camino de la vida juegan un papel de extraordinaria profundidad emocional. (Sorrows is constant and the joys are brief / The seasons come and bring no sweet relief / Time is a brutal but a careless thief / Who takes our lot but leaves behind the grief) dice ese epílogo de libro existencial que es The Pearl.

También hay retratos cercanos, reflejos de su vida en Alabama, en personajes como Lillian de Red Dirt Girl que describe el lado más provinciano y trágico de la vida americana (Nobody knows when she started her skid / She was only 27 and she had 5 kids / Coulda’ been the whiskey, coulda’ been the pills / Coulda’ been the dream she was tryin’ to kill).
Igualmente, se encuentran rasgos más mundanos, arrebatos pasionales en I Don’t Wanna To Talk About It Now o el desarraigo vital ante la marcha de una hija en My Baby Needs A Shepherd (And somewhere on the highway / I let go of her hand / Now she’s gone forever / Like her footprints in the sand).

Y de nuevo, la música. Ésta se desarrolla hacia nuevos horizontes estableciendo un marco perfecto para las historias agridulces que canta Harris. Circunda lo paisajístico en Michelangelo -catártica con esa voz que se queda sin aire al gritar-, se atreve con la percusión programada en el estremecimiento de Tragedy, da con el ambient orquestado en Bang The Drum Slowly, o con el pop en One big love.

Es éste un disco más rico y variado que su antecesor, pleno en la mayor parte de sus intenciones, líricamente demoledor, que ahonda y perfecciona los hallazgos de una espléndida madurez que sienta jerarquía e infunde un esplendoroso respeto ante lo que considero que es una prueba inequívoca de exquisita sensibilidad.

Emmylou Harris: Stumble into grace
Stumble Into Grace (2003)
Las dudas quedaron atrás. Este podría ser el titular que marca el proceso de grabación del que hasta ahora es el último disco de Emmylou Harris. Dudas que en todo caso pudiera tener un servidor;
Con Red Dirt Girl, Harris consiguió su segundo Grammy al mejor álbum de folk contemporáneo y asentó para la prensa especializada a una intérprete que a partir de ahora podrá codearse con los «supervivientes» de su generación: Bob Dylan, Neil Young...
Por lo tanto, el nuevo paso que da Harris lo realiza con absoluta libertad creativa, ideológica, en la medida que decida lo que decida hacer siempre será una acción planteada y desarrollada desde la necesidad o el convencimiento. Sin ataduras.

Stumble Into Grace es un álbum continuista, una nueva banda sonora original para el último estreno cinematográfico pero, a diferencia de anteriores entregas, hay un marcado acento folk al que contribuyen los músicos invitados y las nuevas piezas compuestas de forma colectiva.
El famoso cuarteto que viene trabajando con Harris desde 1998 se ha ido disolviendo progresivamente hasta convertirse en un dúo -formado por la propia Harris y Malcolm Burn como multiinstrumentista y productor- que pone concierto a una dirección artística preconcebida. Sin embargo, este último registro sonoro parece más obra de sus colaboradores que de su autora.
Hay una predisposición a la permeabilidad ajena, quizás a no agotar una fórmula, si no bien al contrario, a expandirla, mezclarla, confundirla con la ayuda de invitadas como las hermanas Anna y Kate McArrigle, Jill Cunnif, etcétera, lo que dota a las composiciones de un sentido más tradicionalista al aparecer acordeones, violines o armónicas que suenan impolutos, en absoluto filtrados por el habitual cosmos extasiado.

Little Bird funciona a medio camino entre la nana y el folk cósmico, Can You Hear Me Now es el acercamiento más ancestral y tradicionalista, la breve Plaisir d’Amour filtra la chanson con las más primitivas raíces americanas.

Pero también hay experimentos; Jupiter Rising es una pequeña extravagancia dance marcada por un ritmo bailable y unos teclados -no acreditados- ¡funkys!; y, por supuesto, el ya clásico tejido atmosférico que escenifica la solemnidad de los sentimientos más reposados, maduros, inquebrantables y, sobre todo, emocionantes que reflejan a la perfección la fragilidad del ser humano: el amor no correspondido en I Will Dream (But if heaven’s just a dreaming / Surely my love will be redeeming / And you will dream your dream of me) o la dedicatoria póstuma a June Carter Cash en la conmovedora Strong Hand (It`s a sad thing / When one must leave the other / And fly up where the voice rings / Out with all the multitudes that gather / But for a short while).

Con menor predisposición a la grandeza, con mayor promiscuidad orgánica y con cierta desinhibición, Stumble Into Grace marca un momentáneo desenlace final en la espléndida nueva trayectoria de Emmylou Harris. Es un disco menor comparado con sus hermanos mayores, pero es profundamente sabio, y sigue el sendero de la «cosmic american music» demostrando un factor innegable: que la madurez es un grado.

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