Vino la Mala Rodríguez a la Sala Audio a poner de largo
Malamarismo
su tercer álbum, un disco con el que poco a poco la jerezana va
ampliando su abanico estilístico para incursionar con desigual
acierto en el ámbito del r'n'b', territorio sonoro que por
cierto hasta ahora parecía en nuestro país reservado en
exclusiva a las artistas de origen afroamericano.
Todavía recuerdo con mucho agrado las excelentes actuaciones que la Mala nos regaló en el verano de 2004 (
leer),
en las que descubrimos a una artista que se imponía sobre
el escenario y que con desparpajo y canciones lenguaraces y desbocadas
sorprendía a un público de toda edad y
condición.
Desde aquel entonces la Mala ha ido creciendo hasta convertirse
en un fenómeno mediático, en la primera (y hasta ahora
única) diva del hip hop español. Quizá por
ello (por el divismo, digo) la chica llegó a la Sala Audio
con un retraso de una hora y cuarto y no subió a las
tablas hasta veinte minutos después, cuando el público
que había acudido puntual estaba hasta las narices de aguantar a
dj Woody, el voluntarioso pinchadiscos que tuvo que salir a dar la cara
y hacer tiempo durante hora y media con una sesión de hip hop
variado y dispar (es que una hora y media pinchando da para mucho).
Después, claro, aparece la Mala y todo se olvida y hasta
se le perdona. Algo tiene esta chica que a todos gusta: a los
hombres por lo que ven (una mujer despampanante) y a las mujeres por lo
que representa (una mujer que manda en un mundo de hombres y machitos).
La Mala tiene ESO (que no es fácil de explicar con palabras pero
que se percibe con claridad cuando ella está presente) que
la diferencia del resto de los mortales y que la convierte en una
estrella carismática que domina con naturalidad las tablas y que
maneja con maestría a su público para llevarlo hasta el
terreno que a ella más le interesa.
Ahora la Mala se hace acompañar en escena por coristas, dos
macbooks y... nadie más. Todo lo que suena (excepto las
voces), son pregrabados, bases y "sampleados". Adiós a los
instrumentos "de verdad". Quizá para quien no haya visto a antes
a la Mala en acción este dato no sea relevante, pero para
quienes hemos disfrutado de la Mala acompañada de una banda que
incluía percusión y guitarra eléctrica creo que
hemos salido perdiendo con el cambio. Se pierde calidez y el
show resulta más mecánico.
Por contra, la Mala ha madurado, su voz ha ganado en matices
y sus letras han perdido esa fachada barriobajera y cruda para
hacerse más convincentes. Quizá la Mala busque huir de
ese pasado lenguaraz y malhablado, porque pasó muy por encima
por los temas de sus anteriores discos y su actuación se centró y
explayó en las canciones de
Malamarismo.
Y es la versión digamos más r'n'b' de la Mala la que
más me convenció, una Mala menos agresiva, una Mala
más juguetona y sensual que habla de sentimientos, que se
despoja de esa máscara de chica dura de la calle y que se convierte
en una mujer de armas tomar.