¡Bona nit! ¡Sou collonuts!
¡Visca Barcelona!, exclamó Roger Waters al terminar su concierto
en el Palau Sant Jordi de Barcelona. Frases que probablemente lleva
ensayando todo el día… Y desaparece. Pero las dice bien,
y el Palau se viene abajo con aplausos. En efecto, esto es música.
Esto es Pink Floyd. No tiene sentido discutir la calidad de las canciones.
Tampoco cuestionar la interpretación, pues la banda las plasma
notablemente. Cada persona habrá disfrutado unos momentos más
que otros, pero lo vivido, como una unidad, ha sido simplemente genuino.
Quizás la propuesta sea demasiado artificiosa, muy prefabricada,
sobrecargada, sin factor sorpresa -pero la verdad es que Waters no ha
venido a dar un mero concierto. Es más bien toda una experiencia,
casi tres horas de mirar atrás y de re-visitar una música
que ha conseguido perdurar en el tiempo, una celebración.
Puede
que Waters y su grupo no sean Pink Floyd -aunque indudablemente son
la mejor banda de versiones de Pink Floyd que hay sobre la faz de la tierra.
Teniendo esto en mente, a continuación intentaré explicar
el memorable viaje a este universo musical único -multicolor,
multisonoro, inevitablemente nostálgico.
Tres horas antes de empezar
el concierto, los alrededores del Palau Sant Jordi están ya saturados
de gente. Personas de edades muy dispares, de distintos lugares del país
(pues esta es la única fecha del artista en España), con
camisetas
floydescas de todo tipo, algunas de ellas compradas a los muchos vendedores no oficiales que hay desperdigados por la zona.
Cerca de las taquillas, los habituales gritos de «
compro/vendo/cerveza
fría». Las entradas están agotadas desde hace días,
hecho que refuerza los negocios extra-oficiales.
Delante de las puertas
del recinto se apalancan un conjunto de fans, bajo una notable solana.
Y mientras, del interior del Palau se puede oír un misterioso
ensayo de
Mother. El interior no tardará en abarrotarse.
Lo más impactante es la macro-pantalla instalada detrás
del escenario (flanqueada por las obligatorias pantallas que mostrarán
en detalle la acción), donde aparece una imagen bastante estática
en la cual se puede observar una vieja radio, rodeada de una maqueta
de avión, un cenicero y una botella de licor medio llena. Será una
visión recurrente a lo largo del espectáculo, un vínculo.
A partir de la evolución de las imágenes, Waters y compañía
han preparado una suerte de concierto-conceptual guiado por un hilo narrativo,
aunque éste sea más emocional que no argumental. Así pues,
podemos ver como una mano desconocida enciende un cigarrillo, llena el
vaso y va cambiando de emisora. Nos permite escuchar clásicos
como
Hound Dog,
Johnny B. Goode o
We'll
Meet Again (canción íntimamente relacionada con Pink
Floyd), pero graciosamente se niega a tragarse
Dancing Queen.
Pronto el tabaco se consume, el licor se acaba, llega el momento de empezar:
los once miembros de la banda asaltan el escenario, Waters reluciente
bajo un foco. Sin dilación alguna, explotan con
In the Flesh,
pirotecnia a sus espaldas incluida. El poderoso inicio ya convence a
la mayoría de los presentes; las canciones que seguirán
las experimentaremos como entidades individuales, cada una con su propio
universo, gracias al notable montaje audiovisual.
De este modo, surge
la melancolía cuando Waters se hace con una guitarra acústica
para cantar
Mother; la añoranza se apodera de los
presentes cuando empieza
Set the Controls for the Heart of the
Sun, una de las primeras piezas de Pink Floyd. Aparecen psicodélicas
paranoias y surrealistas fotografías de la banda en sus primeros
tiempos, caen burbujas desde las alturas. Sigue la nostalgia cuando se
oyen las primeras notas de guitarra de la sideral
Shine on You
Crazy Diamond, que el bajista floydiano escribió basándose
en Syd Barrett.
Roger Waters en concierto - Foto:
Smørrebrød røm pøm
Por supuesto el centro de atención no es siempre Waters: Dave
Kilminster, Snowy White y el veterano Andy Fairweather-Low, en las guitarras,
captan gran parte de la atención, especialmente en piezas repletas
de solos. Todos los músicos tendrán sus momentos estelares,
durante los cuales Waters se mostrará bastante activo, paseando
por los extremos del escenario, animando al público. La roquera
Have
a Cigar se complementa con dinámicas escenas urbanas -tanto
las imágenes como la música acaban bruscamente, como sucede
en el álbum
Wish You Were Here: reaparece la radio, y la mano
calmadamente gira el dial para dar paso a la canción que da título
a dichoálbum, entre los intensos aplausos.
El público
repasa las letras que salen de los labios de Waters (emulando la voz
de Dave Gilmour):
so, so you think you can tell heaven from hell, blue
skies from pain...
Finalmente, el bajista dedica un tiempo a su obra
en solitario -menos conocida, sin duda alguna, pero donde él
cuenta con más protagonismo. Sentado en un taburete, guitarra
en mano, en ambiente intimista, interpreta
Southampton Dock,
pieza que cuenta con substancial colaboración de las voces corales
provistas por el veterano trío integrado por Katie Kissoon, P.P.
Arnold y Carol Kenyon. Repentinamente, un astronauta inflable se pasea
por encima de las cabezas de los presentes: complementa las imágenes
espaciales que ilustran la conmovedora
Perfect Sense.
Waters,
librado de instrumento alguno, saca a relucir su lado más pintoresco
cuando simula estar navegando el submarino mencionado en las letras de
la canción. Una explosión debajo de la pantalla genera
un sobresalto general -todo vale para el espectáculo. La pantalla
se sume en negro, Waters intenta hablar pero los aplausos tardan en
dejarle hacerse entender. Cuenta que nos va a ofrecer una canción
nueva,
Leaving Beirut, sobre su estancia con una familia árabe
en el Líbano. Declaraciones emotivas del artista a las que por
supuesto el público responde con entusiasmo. La composición
es larga, de unos ocho minutos, y explica vagamente los pensamientos
de un joven al ver la amabilidad de unos extraños totales -el
acompañamiento visual, una serie de escenas de un cómic
que narran los hechos, ayuda a la comprensión de la historia.
Quizás se pueda dudar un poco de la facilidad y sentimentalismo
de las letras, pero la pieza contiene una sobresaliente actuación
de clarinete por parte de Ian Ritchie.
Los diez minutos que prosiguen
son probablemente de los más intensos: la banda interpreta
Sheep bajo
una preciosa lluvia de papelitos verdes. Y entre la tormenta, liberan
al famoso cerdo (de la portada de
Animals).
La pintoresca bestia inflable surca las alturas del Palau; en su sintética
piel se pueden leer mensajes de todo tipo -una flecha indicando el «asshole» del
cerdo: «
Habeas Corpus Matters», «
Kafka Rules!», «
Bush
Pig». Con el porcino volando por ahí, Waters y compañía
culminan la canción con literales llamaradas creciendo a sus espaldas.
Al terminar, Waters se aproxima al micrófono. Nos anuncia que
se van a tomar un descanso de quince minutos y que volverán para
tocar
Dark Side of the Moon. ¡Y lo dice tan tranquilo!
Roger Waters en concierto - Foto:
Smørrebrød røm pøm
Durante la pausa la gente
va arriba y abajo, mientras en la pantalla aparece la luna, alejada.
A medida que pasan los minutos, va creciendo, hasta llegar a dimensiones
notables. Se apagan las luces, la banda vuelve sobre el escenario. La
luna resplandece sobre la audiencia: lentamente, un satélite la
rodea, se aproxima hacia la pantalla... Y el grupo estalla con la acompasada
Breathe,
Kilminster tomando el relevo de Dave Gilmour en la voz. Y como ha prometido
Waters, se tocan el álbum entero.
La aventura psicotrópica
de
On the Run, con haces luminosos que recuerdan vagamente
a 2001, da paso a
Time, con el percusionista Graham Broad
luciéndose en medio del tic-tac ominoso que desprende la canción.
El hijo de Roger, Harry Waters, en los teclados, domina la primera parte
de
The Great Gig in the Sky, aunque la protagonista total
es Carol Kenyon y su potente voz. La intensa
Money, con un
vinilo verdoso substituyendo a la luna, proporciona uno de los
jams más
memorables de la noche. Brillan los solos de saxo en
Us and Them,
canción con un significado más que relevante hoy día,
con algunas imágenes de George W. Bush apareciendo explícitamente
dentro de la luna, ahora roja. El asunto culmina con
Brain Damage,
cápsulas de soma dando vueltas por la pantalla, todo el mundo
coreando «
and if your head explodes with dark forbodings too / I'll
see you on the dark side of the moon!». Colgando del techo hay una impresionante
pirámide luminosa, rotando, con el haz de luz blanco atravesándola
y transformándose en un arco iris multicolor –una emulación
gigante del prisma reflectante que aparece en la portada del disco.
Al
acabar el álbum, Waters y compañía saludan respetuosamente,
dan las gracias, y se van. Por supuesto, no engañan a nadie, van
a volver en cuestión de minutos, los espectadores alabando, gritando «¡Waters!
¡Waters!». Reocupan sus posiciones, el líder presenta a
los diversos integrantes de la banda.
Regresa la imagen de la radio, pero pronto desaparece para dar paso
al sonido de un helicóptero... Sin duda alguna,
Another
Brick in the Wall es la canción con más compenetración
por parte del público: las pantallas muestran por vez primera
a la gente cantando, alucinando. Waters va arriba y abajo, dándole
a su instrumento, gesticulando la letra, moderadamente hiperactivo, delante
de fotografías de murallas y bajo las voces pre-grabadas de los
niños que corean el estribillo.
Continúan con más
material de
The Wall:
Vera, Bring the Boys Back Home, con
explosiones pirotécnicas y un Waters al límite de su voz.
El final no podría ser otro que
Comfortably Numb,
con Jon Carin recitando el verso.
Se nos aclara la identidad de la mano
que manejaba la radio. Las imágenes de la pantalla capturan perfectamente
la atmósfera de la canción. Un joven, cómodamente
aturdido, observa su existencia, en su habitación, la guitarra
por ahí tirada, humo proveniente de su cigarrillo, un rollo de
cinta dando vueltas sin parar, tirado en la cama, mirando hacia la infinidad
del techo, consumiendo alguna hierba, reflexionando sobre el hecho de
estar allí:
there is no pain, you are receding... a distant ships
smoke on the horizon...you are only coming through in waves... your lips
move but I cant hear what youre saying... when I was a child I caught
a fleeting glimpse, out of the corner of my eye... I turned to look but
it was gone... I cannot put my finger on it now... the child is grown,
the dream is gone... I have become comfortably numb... Es la culminación
del universo floydiano, un final natural a la muestra del genio de Roger
Waters.