Björk: dando una de cal y una de arena - Foto: Nomadi
Quién: Björk
Dónde: Explanada del Museo Guggenheim (Bilbao)
Cuándo: 13 de julio de 2007
La
nueva etapa musical de Björk comenzó su singladura en directo
en nuestro país en Bilbao, en un concierto lleno de contrastes,
y en una noche que se puede calificar como desconcertante.
El decorado
en el que se erigió el amplio escenario, la explanada del Guggenhein,
parecía el lugar idóneo para encontrar el término
medio entre la complejidad artística de la islandesa y su vertiente
más popular, más festivalera y, en definitiva, más
acorde a la época del año y las latitudes en las que se
encontraba.
Tras el titubeante comienzo del programa (una inquietante
laxitud de horarios supuso el retraso de más de una hora de la
actuación del artista invitado, y los inicialmente cómicos
rumores de que éste sería el hermano de Farruquito se confirmaron
como sorprendentemente ciertos tras el anuncio de un speaker más
propio de verbenas rurales que del museo Guggenhein), comenzó el
despliegue del escenario de la islandesa.
Primer punto de incertidumbre
resuelto: la sugerente complejidad de su anterior paso por España
fue sustituida por una suerte de bizarrismo colorido, con grandes estandartes
ilustrados por ranas, pájaros y cocodrilos, y con una corte de
niños portadores de pendones de impoluto aspecto nórdico,
que se encargaron de la sección de viento, los coros y eventual
coreografía dadaísta. Y, dominándolo todo, la enérgica
presencia de Björk, enfundada en un peculiar vestido verde y con
antifaz dorado, convirtiendo su actuación en un puro acto de desinhibición
musical.
Lo cierto es que, aunque es una pregunta que ronda frecuentemente
la cabeza de quien la escucha, uno no se deja fascinar verdaderamente
por el paradójico hecho de que un cuerpo tan pequeño pueda
albergar tamaño talento hasta presenciar su actuación en
directo. Y la voz. Por encima de todo, su voz: constante torrente de
emociones, irresistible conglomerado de potencia y delicadeza.
La pegada
inicial de Earth Intruders supuso una primera respuesta positiva: pese
a lo extraño de la ubicación, el sonido resultó soberbio.
La continuación supuso la segunda: una brillante revisión
de Hunter, en base a los nuevos códigos musicales que rigen la
música de Björk, dejaron bien a las claras que Volta (con
su desigual acogida) no iba a protagonizar un repertorio que fue alternando
temas clásicos con nuevos. Una expresión cruzando por el
inconsciente colectivo: “una de cal, una de arena”.
Eso sí,
la reinvención de esos temas ya clásicos, adaptándolos
a un nuevo formato y a un concepto musical distinto supuso el mayor logro
de la actuación: se trata de algo no siempre fácil de conseguir
y que es de agradecer. El público, pese a todo, se volcó con
el lado más bailable de las canciones (sí, cada uno se
desata a su manera, y si apartando la mirada del escenario nos hubieran
dicho que eran los Chemical Brothers o Jamiroquai quienes actuaban,
podríamos haberlo creído tras echar un vistazo a la actitud
del público), abrazando sin reparos, entregados, cada requiebro
del repertorio.
Desgraciadamente, no siempre estuvo a la altura de las
expectativas, y lo poco profundo del devenir del concierto (pese a momentos
inmensos, como el All is full of love, o, en menor medida, el Army
of me), la escasa espectacularidad de la frívola decoración
(a pesar de lo resultón del Reactable, sólo tres reducidas
pantallas dejaban ver su visualmente juguetón trabajo), y un cauce
general que se acercó peligrosamente a una festivalería
algo ramplona, dejaron un sabor agridulce en el paladar.
La frescura
del sonido se fue diluyendo peligrosamente, y es que intentar recuperar
la fuerza de antaño buscando una accesibilidad fácil no
parece la fórmula más adecuada. Puede (y debe) exigirse
algo más.
Tras el final del escueto bis, con un (en todos los
sentidos) mediocre Declare Independence, sólo una palabra
pudo evocarse: barato, bastante e inesperadamente barato. Y no estamos
hablando precisamente de la entrada.