Yo La Tengo siguen siendo esa banda alejada de las contingencias mediáticas, siguen practicando su ecléctica paleta de colores, siguen siendo imprescindibles.
Quién: Yo la tengo
Dónde: Apolo (Barcelona)
Cuándo: 30 de noviembre de 2006
Entre los numerosos axiomas que imperan en el ideario colectivo de artistas, críticos o aficionados, cuando hablamos de música contemporánea, se encuentra el famoso «renuévate o muere». La búsqueda de un nuevo proyecto, una nueva forma, un cambio de registro, son elementos fundamentales para mantener al artista dentro de un «estatus» digno de ser mencionado y, sobre todo, respetado.
Como en todas las artes, incluido el mundo del rock, los axiomas encuentran excepciones o simplemente se diluyen como tópicos.
Así lo atestigua la presentación en Barcelona, del nuevo disco de Yo La Tengo I am not afraid of you and I will beat your ass. El trío de Hoboken hace más de una década que vienen realizando discos muy similares, plagados de unas características exclusivamente personales, que ofrecen paradigmas de lo que puede ser entendido como música de primer orden. Ahora bien, cuando hablo de similitud me refiero a la morfología de sus álbumes donde conviven, curiosamente, aspectos casi excluyentes; desde el pop más candoroso a la experimentación ruidista.
Al igual que en sus largos en estudio, el concierto se desenvolvió ofreciendo varias paletas de colores diferentes. Un inicio marcado por el atrevimiento noise y experimental con un Ira Kaplan contoneándose al fragor de su guitarra, cual Jimi Hendrix fascinado por las distorsiones y ruidos de su lanza de batalla, aunque de forma excesiva, ya que la extensa Pass the Hatchet I Think I’m Goodkind acabó siendo el borrón de la noche; un ritmo demasiado monolítico y repetitivo sumado a un descontrolado guitarrista no suele dar un buen resultado.
El siguiente bucle –hay que mencionar la perfecta costura entre segmentos- dio con el paladar más pop. La juguetona Beanbag Chair y el acercamiento al soul con Mr. Tough resultaron irresistibles. Era el momento más feliz del evento, con cierta desinhibición pero que fue tomando un color más nocturno cuando Georgia Hubley pasó a convertirse en la voz principal. Una bella voz, capaz de causar estragos de silencio, de parar el tiempo, acompañada por unos pequeños apuntes de las guitarras, ahora sutiles, tocando las escasas cuerdas pertinentes y sólo despertando al hipnotizado asistente con el aplauso pertinente.
Se acercaba el final y queda el último pespunte: el mejor. Esperando una cierta continuidad con los últimos pasajes más oníricos, más callados y más estáticos, Kaplan y la base rítmica inicia un crescendo pausado pero con paso firme en la sensacional The Story of Yo La Tengo. Con diferente inicio –pequeños ritmos cortados de batería acompañados de todo tipo de efectos distorsionados provocados por pedales y otros utensilios- pero con final similar, acabó el concierto con Blue Line Swinger. Fue un final glorioso, en el que los de Hoboken construyeron lo que se puede definir como un proyecto de arquitectura sonora, una apología del cénit noise en base a dos catedrales milimetradas en el espacio formal y sonoro, dos obras maestras capaces de enloquecer de emoción al más estoico de los griegos.
Dice el viejo axioma que hay que cambiar para no caer en la vulgaridad. Yo La Tengo no han cambiado en demasía. Siguen siendo imprescindibles.